El otro día quedé con un amigo para tomar café.

Mi amigo se llama Ibai, un tipo curioso, pero de lo más divertido. Cada vez que me ve, para saludarme, me abraza y me levanta del suelo. Es un poco bestia, pero es muy buena gente.  Normalmente entrenamos juntos en el gimnasio y luego nos tomamos una cerveza, porque nos la hemos ganado. Es ahí cuando empieza lo bueno, porque a Ibai le gusta mucho hablar y siempre está contando historias y aventuras de amigos y conquistas, algunas de lo más divertido y surrealista que  te puedes echar a la cara.

Como era lunes, tocaba comentar la jugada del fin de semana, que como siempre fue apoteósico. No sé cómo se lo monta, pero siempre acaba triunfando, y eso que alguna vez he salido con él y no hace nada especial. Pero la verdad es que al final, siempre pasa algo para que se vaya acompañado. También es cierto, que no es  un tipo muy exigente,  si le atrae algo de la chica, es suficiente. 

Este finde no había sido una excepción y tenía ganas de contarlo. Normalmente me describe a la chica con pelos y señales, me dice su nombre, si es rubia o morena, si “esta buena” o es un no, etc. Pero esta vez era diferente. No me quería decir quién era la “afortunada”, primero porque era del barrio, y segundo porque sabía que  la reconocería en cuanto la viera.

Empezó a contarme que el sábado había quedado con una chica del barrio. Hacía tiempo que iban coincidiendo y me decía que la chica tenía “algo” y que tenía ganas de conocerla. Un día coincidieron en la panadería y desde ese momento empezaron a hablar. Con el tiempo hubo un teléfono al que escribir y acabaron quedando.

Fueron a cenar a un sitio chulo y después a tomar unas copas. Poco a poco, el alcohol fue haciendo efecto y ayudando a que los dos estuvieran cada vez más cómodos. La conversación se iba calentando por momentos, entonces salió el seductor que mi amigo lleva en su interior. Con todo el subidón del momento le dijo: -¿vamos a casa?- .Para él ya habían tenido bastante conversación, y quería pasar a la acción. Ella, un poco descolocada contesto: -¿y eso?-.  Y ahí fue cuando uso una de sus frases míticas: -Pues mira, yo voy a casa para dos cosas: 1 para dormir y  2 para follar y en estos momentos te aseguro que no tengo sueño-. En un primer momento ella quedó un poco en estado de shock. Nunca nadie había sido tan directo con ella y menos con esa…”joya”. Aun así, entre el subidón del alcohol, el tono de la conversación, y el juego de miradas que habían tenido durante todos esos días por el barrio, contestó con sonrisa picarona: -Vale.

Fueron a casa a tomarse la última copa mientras él enchufaba el equipo de música y caldeaba un poco el ambiente alrededor del sofá.

Se pusieron a conversar y recordar los personajes que se habían cruzado en la discoteca mientras cruzaban miradas de deseo, sabiendo lo que vendría a continuación. Sabían que iba a pasar, pero no cuando, y eso hacía que tuvieran aún más ganas.  Se provocaban mirándose el uno al otro. No llegaron ni a mitad de copa cuando ella se abalanzó sobre él y  lo abrazó por el cuello.

Empezaron a besarse como si llevaran reprimiéndose desde la primera vez que se vieron por la calle. Empezaron a acariciarse sin parar por encima de la ropa, que les estaba sobrando ya. Mientras ella le desabrochaba los botones de la camisa, él le metió la mano por la espalda para soltarle el sujetador con un rápido juego de dedos. Después la cogió del cuello y le besó fuertemente para más tarde pasar a morderle poco a poco el cuello, haciéndole saber que la deseaba, la quería para él esa noche. Y ella estaba encantada. Su respiración cada vez era más rápida, más fuerte.

Cuando se dieron cuenta estaban sin ropa revolcándose en el sofá, besándose, acariciándose mordiéndose, buscándose. No podían parar. Al final llegó lo inevitable, ella se puso encima de él y dejó que entrara. Enseguida cogieron el ritmo. No se conocían pero se estaban esperando y tampoco les faltaba experiencia. 

Empezaron a subir el ritmo, cada vez más rápido, cada vez más apasionado. Ella no se reprimía, le pedía más, cada vez más alto, cada vez más fuerte. Entonces él tuvo un arranque de pasión y la levantó, se puso de pie y empezó a hacérselo mientras ella colgaba de su cuello. Sin salir, y sin bajarla la llevó hasta la cocina americana y la sentó en la encimera para continuar haciéndolo ahí. Él estaba cómodo de pie mientras ella sentada en alto se volvía loca, le estiraba del pelo y gritaba. No podían parar, ella le arañó la espalda y eso solo hizo que él se excitara más. Así que la volvió a coger en volandas y se la llevó a la habitación. Se dejó caer con ella colgando poco a poco sobre la cama y volvieron a empezar a separarse y unirse sin parar. 

Ella no hacía más que revolverse, gemir, gritar y él la sujetaba fuerte, para que lo notara siempre el máximo y le mordía el cuello, la clavícula, le gemía al oído. En un momento de éxtasis, Ibai cesó el movimiento y la colocó de espaldas a él, entró y empezó a volverla loca otra vez abrazándole el busto y besándole el cuello. La cogió del pelo y ella acabó poniendo las manos en la cama. Él la empezó a sujetar de la cintura y a dar cada vez más ritmo y más fuerza a lo que parecía el clímax de la noche. Ella empezó a pedirle que lo hiciera más y más fuerte, así que Ibai no se cortó nada y empezó prácticamente a envestirla. Poco a poco, sin darse cuenta, iban avanzando en el colchón hacia la pared.

Ella vio que se acercaba al cabecero de la cama y se agarró de este para intentar no avanzar más. Pero no sirvió de nada, Ibai envestía una y otra vez. Hasta que al final, pasó lo que tenía que pasar. En una de las envestidas ella chocó contra el cabecero justo con la frente. Un golpe tremendo. Pero como estaban en el momento álgido de la relación, siguieron sin darle importancia. 

Fue entonces, cuando al estirarse en la cama para tomar aliento y hablarse, una vez habían acabado, él vio el resultado del choque contra el cabecero. Una equis en mitad de la frente, igualita que las que adornaban el cabecero de Ibai. 

Ella muerta de vergüenza, se vistió, se despidió y se fue de casa de mi amigo. Era lunes por la noche y la pobre no había dado señales de vida aún.




Ibai y yo estuvimos riéndonos un rato con la aventura. Lo mejor llegó al día siguiente. Yo iba en el coche volviendo de trabajar. Cuando giré la esquina de mi calle, entendí porque mi amigo no quiso decirme quién era la “mujer marcada”. Se diferenciaba demasiado bien del resto de chicas del  barrio por la gran marca que tenía en forma de cruz justo en medio de la frente. Impresionante. 

 ¿Verdadero o falso?

Si te has quedado con ganas de más... que no sea por nuestra parte.

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