El otro día quedé con una amiga para tomar café.

Amanda es una amiga que conocí hace unos tres años, pero en poco tiempo, nos convertimos en confidentes, y nos contábamos secretos que probablemente nadie más sabría.

Ella es una chica muy divertida a la que le gusta mucho salir de fiesta. No hay fin de semana que no la llamen para ir a tomar unas copas. Así que siempre tiene anécdotas que contarme con las que nos reímos un buen rato.

Nada más llegar a la cafetería, empezó a contarme las peripecias de la noche loca que pasó con su novio el sábado después de las copas con el grupo de amigos. 

Yo no salí porque tenía que estudiar, así que lo más divertido que podía contarle, fueron los ruidos amorosos que hicieron los nuevos vecinos mientras yo hincaba los codos.

Mientras le planteaba la situación, se acordó de algo que le hizo interrumpirme para estallar a reír a carcajadas.

Su corte y su contagiosa risa me sorprendieron. Así que le pregunté:-¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? – Le dije.

Ella levantó una mano para indicarme que no podía contestarme aún porque no podía parar de reír.

Le volví a preguntar:-¿Por qué te ríes tanto?-

Después de unos segundos ella me contestó: -Es que me acabo de acordar de algo que me pasó hace unos años cuando vivía en Italia y compartía piso con unos amigos-.

-A ver, cuéntame. Que la intriga me está matando y yo también me quiero reír -.

Empezó a contarme que fue con unos amigos a Italia a trabajar y, para que el alquiler le saliera más barato, compartía piso con uno de ellos.

Un día, sus padres decidieron ir a Italia para hacerle una visita. Justo ese fin de semana, Amanda recibió información de dos personas que compusieron la anécdota que ella explicaría en todas las reuniones familiares y que siempre conseguiría hacer reír a sus parientes.

Por un lado, su padre. Que no sabía si reír o llorar mientras le explicaba la situación vivida a su mujer y su hija. Y  por otro, su amiga Almudena. La chica con la que Amanda compartía piso.

Ese día, Amanda y sus padres habían ido a hacer algo de turismo y algunas compras por la ciudad. Cuando llegaron a casa, su madre, que se había encaprichado de una blusa que había en una tienda del centro, quiso volver para poder llevársela y lucirla con sus amigas. Su padre, sin embargo, decidió quedarse descansando. El verano italiano lo había agotado.

Cuando Amanda volvía a casa con su madre y la preciada blusa, encontraron a su padre tomándose una cerveza en el bar que había al lado de la puerta del edificio donde vivía ella. Cuando se acercaron a él, su padre no podía esconder la cara de estupefacción y sorna.

El padre de Amanda era un poco pudoroso, así que les dijo que les explicaría todo en casa. 

Nada más llegar al piso, fueron a la habitación de Amanda para que el padre les desvelara su secreto. Pero antes, ella pasó por la cocina a beber agua, y allí estaba Almudena. Ésta le explicó en unos minutos lo que había pasado dentro de su habitación con su chico. Que se dejaron llevar bastante. Y aunque les pareció escuchar algún ruido por la casa y el click de la puerta,  no le dieron importancia y no vieron motivo para dejar de “jugar”.

Mi amiga volvió a su habitación con una sonrisilla de complicidad. Allí le esperaban sus padres para desvelar “el gran secreto”.

-¿Qué pasa papá?-Le preguntó ella.

-No os vais a creer lo que me ha pasado- dijo el hombre. 

-A ver, inténtalo- le dijo su mujer.

Resulta que el padre de mi amiga estaba en la cama descansando en ropa interior, del calor que hacía. Cuando de pronto escuchó que alguien entraba en el piso. No se preocupó porque pensó que eran las amantes de la moda y se volvió a quedar traspuesto. Pero los ruidos se desplazaron a la habitación de al lado, no a la suya.

Su compañera de piso y su novio no eran nada discretos. La casera ya les había advertido del exceso de ruidos que salían de su habitación. Los vecinos se habían quejado en varias ocasiones.  Y en esta no iban a quedarse cortos tampoco.

Nada más entrar en la habitación, Almudena y su novio se arrancaron la ropa y saltaron a la cama, donde empezaron a besarse y recorrerse con las manos. Llevaban tiempo juntos, y era un súper calentón de pareja después de una comida con vino. Así que fueron directos al grano.

Sus manos recorrieron unos instantes sus cuerpos encendidos, hasta que dieron a para con las partes que los conectarían entre ellos. Los dedos de él, mojados, no dejaban de jugar y hacerla temblar.  Ella mientras tanto, movía su mano a un ritmo que lo volvía loco. 

Entonces, ella se tumbó boca arriba y dejó que él se pusiera entre sus piernas. Acto seguido con su mano acompañó a su amante para que pudiera entrar sin problema y comenzara el baile de sus cuerpos. La cama empezó a dar ligeros golpes.

En la otra habitación, el padre de Amanda se despertaba pensando que esos topes provenían de alguna casa donde estuvieran haciendo obras. La cara le cambió cuando escuchó el primer grito. El hombre encogió los hombros, abriendo mucho los ojos y moviéndolos de lado a lado mientras cerraba la boca como si fuera a pronunciar la letra “u”.

Almudena estaba ahora encima de Miguel. Ella, con una mano se aguantaba el pelo, la otra le ayudaba a volar con el movimiento que sus dedos hacían en el centro de sus caderas, a la vez que estas se movían hacia detrás y hacia delante sin parar. Mientras, su novio se volvía loco. Tumbado, disfrutaba a la vez de la celeridad con la que Almudena se movía, y de la visión de su novia haciéndole el amor. Le encantaba ella. 

Él colocó las manos en las caderas de su chica para ayudarla a sentirlo todo más intensamente, acompañando sus movimientos. Almudena, pensando que el piso estaba vacío, se dejaba llevar y empezó a gritar a cada gesto rítmico que hacía con su cuerpo.

La cara de Arturo, el padre de mi amiga, era un poema. Alarmado por los gritos amorosos y los golpes. Se había puesto rojo de lo embarazoso que era estar en esa situación. Salió de la cama deslizándose, con los dientes apretados y las cejas completamente levantadas como gesto del esfuerzo que estaba haciendo por no hacer ruido, cogió la ropa, y se dispuso a salir sigilosamente de allí, como si fuera un ladrón en una película en blanco y negro, moviendo el picaporte muy lentamente tanto para abrir como para cerrar la puerta.

Mientras el pobre Arturo avanzaba por el pasillo despacio y de puntillas, en calzoncillos, camiseta de tirantes y calcetines por los tobillos, la habitación de al lado era una bomba a punto de estallar.

Almudena estaba boca abajo, apoyada en sus rodillas y sus manos, agarrando las sabanas con los dedos y retorciéndolas, a la vez que gritaba cada vez más alto. Miguel por su parte estaba rojo, a punto de caramelo, mientras tenía sus manos en las caderas de su novia para que los movimientos entre ellos fueran totalmente acompasados.

 Y por fin llegaron los últimos y más fuertes gritos del momento que habían estado compartiendo, para acabar con la calma que llega después de la intensidad.

Cuando llegó a la puerta del piso, Arturo tuvo que hacer un movimiento de velocidad y sigilo sin igual. Justo cuando cogía el picaporte para salir al rellano del edificio, la pareja abrió su puerta entre arrumacos para pasar al baño a tomar una ducha que les quitara el sudor y los dejara más relajados aún. 

Así que por fin había salido de aquella casa, momento en el cual, a mi amiga le vino a la cabeza el click que le describía Almudena. Ahora solo le quedaba vestirse a toda prisa para que la vecina de enfrente no se lo pudiera encontrar en paños menores.

Mi amiga y su madre no podían parar de reír imaginando la cara del pobre hombre a lo largo de aquella aventura. 

Por otro lado, Arturo nunca volvió a mirar de la misma manera a la amiga de su hija.

¿Verdadero o falso?

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