El otro día quedé con dos amigos para tomar café.

Siempre van juntos. Son un peligro y nunca inventan una buena. Se puede decir que ningún seguro cubriría los daños que pudieran llegar a ocasionar. Siempre tienen una buena historia que contar cuando quedamos. Se superan una y otra vez.

Llevábamos tiempo sin vernos, así que sabía que tendrían alguna buena historia de batalla que contar. Pero no sabía que lo sería tanto.

Empezaron contándome que hace un par de fines de semana, fueron a una discoteca de moda de la ciudad y que, para variar, se estaban portando bien, que apenas habían bebido (algo terrible se avecina si dicen eso); solo para coger “el puntillo”.

Estaban charlando en uno de los laterales de la discoteca copa en mano, cuando vieron a dos chicas guapas apoyadas al final de la barra que al parecer, estaban solas. Nadie se les acercaba. Alberto fue el que las divisó y Jorge el que se “enamoró” de una de ellas. La de la blusa blanca. No dudó en acercarse a intentar averiguar su nombre.

Nada más llegar, y tratando de romper el hielo con un intento de frase ingeniosa, descubrió que esa noche no era la idónea para sacar la labia a relucir. Resulta que las chicas eran sordomudas.

Quien no arriesga no gana (debieron pensar). Así que la pareja, igualmente intentó comunicarse con las chicas. Jorge realmente quería conocer a esa chica, y Alberto nunca lo dejaría solo.

Ella al principio se mostró reacia. Estaba tranquila como estaba junto a su amiga. Pero después de ver a Alberto, que iba detrás de su inseparable amigo, a Melania, la amiga de la chica de la blusa blanca, le entraron las ganas de comunicarse. Así que la química empezaba a hacer de las suyas.

En pocos minutos había una nueva copa en la mano de cada uno de los cuatro y empezaba una clase magistral de lengua de signos entre risas y miradas deseando encontrar los ojos de la otra persona. Cada vez el ambiente era más distendido gracias a la ayuda de alguna copa más y más de un chupito traicionero.

Al final, un beso. Jorge no pudo resistirlo más, y acabó intentando besar los labios de Carol, la chica a la que llevaba deseando besar desde que la vio, la chica de la blusa blanca. Él pensaba que se llevaría una bofetada, o peor aún, le haría una cobra. Pero  ella respondió mejor de lo que él esperaba.

Eran las 3 de la mañana ya, y la segunda pareja afloraba también entre canción y canción. Poco a poco la noche avanzaba entre besos, caricias, risas y bailes cada vez más cercanos entre las dos parejas.

Al final de la noche, allá sobre las seis de la mañana, lo que parecía que iba a ser un intercambio de teléfonos, se acabó convirtiendo en una invitación a su piso. Ellas, como si de una partida de pictionari se tratara, y no sin un considerable esfuerzo por la borrachera que llevaban, consiguieron hacerles entender que les ofrecían su casa para que no cogieran el coche. Debido a la cantidad de alcohol que habían tomado , ellos tampoco se resistieron mucho. Vivían juntas en un piso no muy grande que no estaba lejos de la discoteca, así que parecía que realmente se estaban preocupando por ellos.

Cuando llegaron al piso, con una excusa mala, pero convincente para el que quería entender lo que allí pasaba, cada pareja se fue a la habitación que le correspondía. En teoría ellos iban a dormir en el sofá, pero evidentemente no pasó.

Jorge y Carol empezaron un poco torpes. Jorge estaba un poco ansioso. Estaba desnudándose junto a la chica de la que no había podido apartar la mirada desde que la vio en la barra. Las demás le daban igual, solo estaba ella, y ahora la podría disfrutar e intentaría que ella disfrutara tanto que quisiera volverle a ver. Pero la presión no es buena, y les estaba pasando factura.

Alberto y Melania por su parte, estaban inmersos en sus labios. Todo les daba igual, el primer beso fluyó solo durante la noche y eso se notaba. Todo era tranquilo, natural, desinhibido. La ropa iba abandonando poco a poco, de caricia en caricia, sus cuerpos recostados en la cama.

Poco a poco, en la habitación de Carol, la blusa blanca se había convertido en un objeto de decoración más y ya disfrutaban tranquilamente el uno del otro. No necesitaban hablar, solo tocarse, besarse, acariciarse. Acostados, sus manos iban de rincón a rincón. Él paseaba la palma de su mano despacio desde la parte de detrás del cuello, bajando por el centro de la espalda hasta llegar al centro de sus nalgas, haciendo estremecer a Carol, que puso su rodilla sobre las piernas de Jorge, enganchando la corva de su rodilla con el talón.

En ese momento, ella empezó a besarlo en el cuello mientras tocaba su pecho primero, y dirigía su mano por su barriga hacia abajo con una clara dirección. Los dos notaron enseguida cuando ella llegó donde tenía pensado. Él, por cómo empezaba a sentir el placer de su mano, y ella por cómo notaba la excitación que crecía en él. Jorge no pudo evitar dirigir su mano hacia el centro de las piernas de Carol. Comenzaba entonces un seguido de respiraciones cada vez más fuertes, cada vez más rápidas.

En la otra habitación, hacía rato que las caricias habían dado paso al ritmo que marcaban sus cuerpos, él entre las piernas de Melania, mientras se besaban apasionadamente. El cuerpo de Alberto se unía y separaba del de ella de una manera que ella aún no había experimentado y ella, encantada, cerraba los ojos mientras echaba la cabeza hacia atrás y le arañaba la espalda. Melania acabó cruzando las piernas por detrás de la espalda y abrazándolo. Quería cada vez más.

En la habitación de Carol, todo era al contrario. Ella dominaba la situación. Tenía a Jorge acostado y ella estaba encima. Moviendo su cintura hacia delante y hacia atrás. Se echaba las manos a la cabeza, cambiándose el pelo de lado cuando empezaba a caer por su cara. Él le ayudaba a mantener el equilibrio alternando sus manos entre su cintura y sus pechos. El calor, la excitación y el placer aumentaban cada segundo, cada movimiento.

Mientras tanto, Alberto estaba de rodillas, abrazando a Melania, rodeando con un brazo la cintura, y con el otro los hombros a la vez que la besaba en el cuello.

De repente, ella puso las manos en el colchón para poder relajarse mientras Alberto la dejaba caer y ponía las manos en su cintura. Melania agachaba la cabeza respirando hondamente cada vez que él acercaba sus caderas a su cuerpo y la levantaba de golpe para retirar el pelo de su cara.

Cuando las dos parejas estaban inmersas en su particular mundo de placer, todas las paredes de la casa se empezaron a iluminar con una intensidad tan grande que parecía que la casa se incendiaba. El alcohol en la sangre y la cegadora luz que surgía de las paredes, asustaron a los dos amigos. La luz no dejaba de encenderse y apagarse desorientándolos por completo. Pensaron que había entrado gente en el piso de repente.

Pararon en seco. Salieron de la cama y se pusieron la ropa que pudieron lo más rápido  que fueron capaces, y salieron corriendo de la casa zapatos y camisa en mano. Les faltaron piernas para bajar los escalones de un tercero.

Mientras se ponían los zapatos dos calles abajo, medio jadeando de la falta de aire, debatían nerviosos y a gritos lo que había podido pasar. ¿Había gente en casa? ¿Les estaban gastando una broma?

Al día siguiente, ya más calmados, unos amigos les explicaron que los sordomudos, como no escuchan el interfono de la calle, ponen luces por la casa para que se ilumine cuando alguien llama.  Al parecer, entre que llegaron al piso, se pusieran en acción y las luces se encendieran, se habían hecho como las 8 de la mañana. Y alguien se confundió de timbre al llamar a casa del vecino y viendo que no contestaban empezó a insistir, lo que hizo que la casa no parara de iluminarse.

¿verdadero o falso?

Si te has quedado con ganas de más... que no sea por nuestra parte.

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