El otro día quedé con una amiga para tomar café.

Eva es una amiga que conocí en un taller de arte que hice con una antigua pareja. Ella era la profesora. No solo nos enseñó algunas técnicas artísticas de una manera súper didáctica y divertida, sino que después de acabar el cursillo nos enseñó algunas de sus obras. Era increíble la capacidad que tenía para crear una composición artística de cosas que ni se me habrían pasado por la cabeza. Aunque es una chica bastante tímida, se deja llevar mucho por los sentimientos y habla de una manera muy trascendental, sobre todo cuando se refiere al amor.

Mi ex y yo al principio nos interesamos por su manera de interpretar la realidad en sus esculturas y cuadros. Como ella no se llevaba muy bien con las nuevas tecnologías, intentamos ayudarla en lo que respecta a difusión en las redes sociales o app de móviles como el whatsapp. Poco a poco se fue convirtiendo en una gran amistad. Incluso después de la ruptura con la chica con la que salía en ese momento. Ahora vamos quedando para ponernos al día.

Nos encontramos en la puerta de la tetería donde solemos vernos. Aunque esta vez no tenía buena cara. Llevaba unos meses saliendo con Rubén, un chico del que hablaba maravillas pero que aún no me había presentado y por lo visto a su familia tampoco. Cuando la vi así, pensaba que había pasado algo grave entre ellos.

-Muy buenas tardes señora Eva, ¿Cómo está la princesa de la creación?- le dije.

-Buenas tardes peladilla- contestó.

-¿Estás bien Eva?- Pregunté preocupado. -No tienes buen aspecto-.

-Vamos para dentro, que la última es muy chunga- me dijo nerviosa.

Una vez sentados y con el té en la mesa le dije:

-Me tienes intrigado. ¿Qué ha pasado?- 

-Te cuento- me dijo muy seria,- pero sin bromas. No lo estoy pasando nada bien.

– Sabes que si puedo, intentaré ayudarte-.

Empezó contándome que la noche anterior estaba de celebración. El amor de su vida se iba a vivir con ella al piso donde vivía desde que se había independizado. 

La cena era perfecta. Una botella de lambrusco brillaba sobre la mesa. El sushi casero que la pareja había estado preparando con cariño durante la tarde. Y por supuesto, las miradas y las sonrisas que se profesaban.

Después de cenar, decidieron darse un baño para entrar de la manera más limpia y suave en la que sería la primera noche oficial compartida, sin contar las que de vez en cuando habían pasado antes de convivir bajo el mismo techo por fin.

Para hacerlo diferente, pusieron sales de baño, encendieron unas velas y, por último, una barra de incienso para crear el ambiente perfecto. Se imaginaron la situación dentro de la bañera, e inmediatamente se sugirieron a la vez la idea de inmortalizarse en un selfie. El que más les gustara, lo pondrían en el comedor con un marco con el título: “La primera noche de un número infinito”.

Eva se sentó en la bañera con la espalda en la pared y, como ella cariñosamente le llamaba, “la luz de sus ojos”,  entre sus piernas. 

Los clicks de la cámara del móvil se iban sucediendo entre besos, risas, caricias, pequeños bocados en la oreja y abrazos llenos de sentimiento pero también de sensualidad. 

Eva al final no pudo resistirlo más y deslizó la palma de la mano derecha por el cuerpo de su amante hasta el centro de sus piernas, donde comenzó a jugar suavemente, haciendo que se fuera retorciendo de placer. La mano izquierda, por su parte, se paseaba por todo el cuerpo, haciendo largas pausas por el pecho. Los aspavientos del cuerpo de su amor eran cada vez más exagerados, al igual que su respiración. Las manos mágicas de Eva, que sabía en todo momento que debía hacer, enloquecían como nunca a la persona que más amaba, que se dejaba llevar completamente. Momentos después, el clímax sucedía. 

La respiración poco a poco volvía a su cauce. Eva veía como su otra mitad se daba la vuelta y, mientras se levantaba, la cogía de la mano y la levantaba a ella también. Se dieron un beso antológico paseando sus manos jabonosas y húmedas por todo su cuerpo. Un instante después, mi amiga notaba como con la mano dirigían su pierna izquierda y la ponían en el borde de la bañera. 

La lengua de su amante, que se había arrodillado justo debajo de sus piernas, empezaba a dibujar figuras y a hacer movimientos placenteros entre estas. A su vez, con una gran caricia desde la parte trasera de las rodillas, colocaba su mano izquierda justo donde acaba el muslo, y la derecha, de vez en cuando, echaba una mano a la lengua en su placentero cometido.

Eva no pudo evitar poner una de sus manos en la cabeza que jugaba al amor entre sus piernas. Su otro brazo lo usaba, doblado, para colocar el codo en la pared y acomodar su propia cabeza en la mano que le quedaba libre gracias a la sujeción del codo. Era la única manera de mantener el equilibrio debido a la flojera que le provocaba la lengua que se movía incesante en medio de sus piernas.

Unos intensos momentos más tarde, el cuerpo de mi amiga comenzaba a temblar. Estos estremecimientos iban en aumento hasta que al final, el orgasmo llegaba con un momento de tensión corporal arrollador y un ligero grito de placer. Cuando se relajó, mi amiga se tuvo que sentar un segundo.

A pesar de que habían tenido una maravillosa culminación del placer que, ayudado de la atmósfera que habían creado en ese baño, necesitaban darse, todavía tenían ganas de más. Así que decidieron pasar a la cama para seguir amándose.

Mientras se secaban, con una voz dulce y algo tímida, su alma gemela, como Eva también le llamaba, le pidió a ésta que le enviara alguna de las fotos. No quería que por dejar pasar el rato, luego se le olvidara pasárselas.

Mi amiga, que estaba entregada al momento, seleccionó todas las fotos y le dio a compartir. Justo cuando iba a darle con el dedo al contacto, se le resbaló la toalla, que recogió a la vez que pulsaba y dejó el teléfono en la repisa del lavabo.

Al cabo de unos segundos, Eva recibía un aluvión de mensajes. Al principio no le dio importancia pero desde la habitación escuchaba como le preguntaban si realmente había enviado las fotos.

Inmediatamente, y con un vuelco en el corazón, cogió el móvil y se dispuso a comprobar los mensajes y el envío de las fotos. Se puso completamente roja y el pulso le subió a mil.

Resulta que las fotos, con la habilidad para las nuevas tecnologías que la caracterizaba, las había enviado al grupo que tenía con toda su familia, del cual tenía un torrente de mensajes preguntando por las fotos.

Justo debajo, un mensaje de su madre. Este decía:

-Hija, no hace falta que nos presentes a Rubén. En cambio, dile a tu amiga que puede venir a casa cuando quiera a comer paella-.

Rubén, evidentemente, no existía. Debido a la timidez que caracterizaba a Eva, esta no se había atrevido a contar a sus padres que su pareja realmente se llamaba Lucía, por miedo a los prejuicios.

Eva es una amiga que conocí en un taller de arte que hice con una antigua pareja. Ella era la profesora. No solo nos enseñó algunas técnicas artísticas de una manera súper didáctica y divertida, sino que después de acabar el cursillo nos enseñó algunas de sus obras. Era increíble la capacidad que tenía para crear una composición artística de cosas que ni se me habrían pasado por la cabeza. Aunque es una chica bastante tímida, se deja llevar mucho por los sentimientos y habla de una manera muy trascendental, sobre todo cuando se refiere al amor.

Mi ex y yo al principio nos interesamos por su manera de interpretar la realidad en sus esculturas y cuadros. Como ella no se llevaba muy bien con las nuevas tecnologías, intentamos ayudarla en lo que respecta a difusión en las redes sociales o app de móviles como el whatsapp. Poco a poco se fue convirtiendo en una gran amistad. Incluso después de la ruptura con la chica con la que salía en ese momento. Ahora vamos quedando para ponernos al día.

Nos encontramos en la puerta de la tetería donde solemos vernos. Aunque esta vez no tenía buena cara. Llevaba unos meses saliendo con Rubén, un chico del que hablaba maravillas pero que aún no me había presentado y por lo visto a su familia tampoco. Cuando la vi así, pensaba que había pasado algo grave entre ellos.

-Muy buenas tardes señora Eva, ¿Cómo está la princesa de la creación?- le dije.

-Buenas tardes peladilla- contestó.

-¿Estás bien Eva?- Pregunté preocupado. -No tienes buen aspecto-.

-Vamos para dentro, que la última es muy chunga- me dijo nerviosa.

Una vez sentados y con el té en la mesa le dije:

-Me tienes intrigado. ¿Qué ha pasado?- 

-Te cuento- me dijo muy seria,- pero sin bromas. No lo estoy pasando nada bien.

– Sabes que si puedo, intentaré ayudarte-.

Empezó contándome que la noche anterior estaba de celebración. El amor de su vida se iba a vivir con ella al piso donde vivía desde que se había independizado. 

La cena era perfecta. Una botella de lambrusco brillaba sobre la mesa. El sushi casero que la pareja había estado preparando con cariño durante la tarde. Y por supuesto, las miradas y las sonrisas que se profesaban.

Después de cenar, decidieron darse un baño para entrar de la manera más limpia y suave en la que sería la primera noche oficial compartida, sin contar las que de vez en cuando habían pasado antes de convivir bajo el mismo techo por fin.

Para hacerlo diferente, pusieron sales de baño, encendieron unas velas y, por último, una barra de incienso para crear el ambiente perfecto. Se imaginaron la situación dentro de la bañera, e inmediatamente se sugirieron a la vez la idea de inmortalizarse en un selfie. El que más les gustara, lo pondrían en el comedor con un marco con el título: “La primera noche de un número infinito”.

Eva se sentó en la bañera con la espalda en la pared y, como ella cariñosamente le llamaba, “la luz de sus ojos”,  entre sus piernas. 

Los clicks de la cámara del móvil se iban sucediendo entre besos, risas, caricias, pequeños bocados en la oreja y abrazos llenos de sentimiento pero también de sensualidad. 

Eva al final no pudo resistirlo más y deslizó la palma de la mano derecha por el cuerpo de su amante hasta el centro de sus piernas, donde comenzó a jugar suavemente, haciendo que se fuera retorciendo de placer. La mano izquierda, por su parte, se paseaba por todo el cuerpo, haciendo largas pausas por el pecho. Los aspavientos del cuerpo de su amor eran cada vez más exagerados, al igual que su respiración. Las manos mágicas de Eva, que sabía en todo momento que debía hacer, enloquecían como nunca a la persona que más amaba, que se dejaba llevar completamente. Momentos después, el clímax sucedía. 

La respiración poco a poco volvía a su cauce. Eva veía como su otra mitad se daba la vuelta y, mientras se levantaba, la cogía de la mano y la levantaba a ella también. Se dieron un beso antológico paseando sus manos jabonosas y húmedas por todo su cuerpo. Un instante después, mi amiga notaba como con la mano dirigían su pierna izquierda y la ponían en el borde de la bañera. 

La lengua de su amante, que se había arrodillado justo debajo de sus piernas, empezaba a dibujar figuras y a hacer movimientos placenteros entre estas. A su vez, con una gran caricia desde la parte trasera de las rodillas, colocaba su mano izquierda justo donde acaba el muslo, y la derecha, de vez en cuando, echaba una mano a la lengua en su placentero cometido.

Eva no pudo evitar poner una de sus manos en la cabeza que jugaba al amor entre sus piernas. Su otro brazo lo usaba, doblado, para colocar el codo en la pared y acomodar su propia cabeza en la mano que le quedaba libre gracias a la sujeción del codo. Era la única manera de mantener el equilibrio debido a la flojera que le provocaba la lengua que se movía incesante en medio de sus piernas.

Unos intensos momentos más tarde, el cuerpo de mi amiga comenzaba a temblar. Estos estremecimientos iban en aumento hasta que al final, el orgasmo llegaba con un momento de tensión corporal arrollador y un ligero grito de placer. Cuando se relajó, mi amiga se tuvo que sentar un segundo.

A pesar de que habían tenido una maravillosa culminación del placer que, ayudado de la atmósfera que habían creado en ese baño, necesitaban darse, todavía tenían ganas de más. Así que decidieron pasar a la cama para seguir amándose.

Mientras se secaban, con una voz dulce y algo tímida, su alma gemela, como Eva también le llamaba, le pidió a ésta que le enviara alguna de las fotos. No quería que por dejar pasar el rato, luego se le olvidara pasárselas.

Mi amiga, que estaba entregada al momento, seleccionó todas las fotos y le dio a compartir. Justo cuando iba a darle con el dedo al contacto, se le resbaló la toalla, que recogió a la vez que pulsaba y dejó el teléfono en la repisa del lavabo.

Al cabo de unos segundos, Eva recibía un aluvión de mensajes. Al principio no le dio importancia pero desde la habitación escuchaba como le preguntaban si realmente había enviado las fotos.

Inmediatamente, y con un vuelco en el corazón, cogió el móvil y se dispuso a comprobar los mensajes y el envío de las fotos. Se puso completamente roja y el pulso le subió a mil.

Resulta que las fotos, con la habilidad para las nuevas tecnologías que la caracterizaba, las había enviado al grupo que tenía con toda su familia, del cual tenía un torrente de mensajes preguntando por las fotos.

Justo debajo, un mensaje de su madre. Este decía:

-Hija, no hace falta que nos presentes a Rubén. En cambio, dile a tu amiga que puede venir a casa cuando quiera a comer paella-.

Rubén, evidentemente, no existía. Debido a la timidez que caracterizaba a Eva, esta no se había atrevido a contar a sus padres que su pareja realmente se llamaba Lucía, por miedo a los prejuicios.

El mensaje de su madre, había dejado en mi amiga una mezcla de rubor y orgullo. Su carácter cohibido no la dejaba volver a abrir el whatsapp, pero se sentía muy orgullosa de su madre por la mentalidad abierta que acababa de demostrar.

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