El otro día quedé con un amigo para tomar café.
El otro día quedé con mi amigo Julio para tomar café.
Es un amigo de toda la vida, muy campechano. Un tipo que no se complica, le gusta la vida simple. En el grupo de amigos le llamamos Juliote, por su carácter afable y por lo noble que es. Siempre tengo ganas de verlo y echar unas risas.
- ¡Juliote! ¿Qué tal? ¿Cómo estás?- Le dije.
- Aquí estamos…- Contestó con una mezcla de alegría y de resignación – que vengo de coger el alta médica.
- Te noto un poco triste tío. ¿Qué te pasa?
- El otro día me pasó algo surrealista. Y lo peor, los puntos que me llevé en la cabeza.
Empezó a contarme que estaba en el bar de la esquina de su casa, tomándose una cerveza como hace de vez en cuando, para despejarse del trabajo. Sin darse cuenta de que pasaba el tiempo, se quedaron solos la propietaria y él. La llevaba viendo allí desde hacía meses. Lo había heredado de su padre. La veía ayudándolo de vez en cuando y, una vez él se jubiló, se puso a los mandos. Por eso ya la conocía.
A veces, no había mucho trabajo. Y como después de un tiempo, ya había confianza, Tamara le contaba un poco su vida a mi amigo. Que si algo hace bien de verdad, es escuchar a la gente.
De hecho, había un cierto… “no sé qué” entre ellos y alguna vez que se habían visto de fiesta, sin querer, se les había escapado algún beso tímido en los labios que los dos disimulaban no haber tenido al día siguiente. Supongo que por una mezcla entre respeto y miedo a su padre.
La diferencia entre ese día y los demás, era que se habían quedado completamente solos y las conversaciones sobre su vida tomaron un tono más íntimo del acostumbrado. Empezaron a contarse batallitas amorosas. No es que él tuviera muchas, pero eran bastante divertidas, y eso a ella le gustó, sobre todo la manera en que las explicaba. Ella hizo lo propio y además se ocupaba de que en sus manos no faltase una cerveza.
Llegó la hora de bajar la persiana y Juliote se ofreció a ayudar a Tamara a recoger, siempre que tuviera la garganta hidratada. Ella accedió con una sonrisa entre pícara y agradecida.
No sin mucho esfuerzo, debido a la cerveza y a que por estar hablando antes de que se fuera todo el mundo, se hubiera acumulado la faena, acabaron de recoger todo y lo dejaron listo para el día siguiente. Todo eso entre risas, historias y cerveza. Incluso algunas miradas de complicidad y acercamientos un tanto “peligrosos”.
Con la faena hecha, Juliote se relajó y le entraron unas ganas de ir al baño tremendas, así que no se lo pensó.
Justo cuando estaba secándose las manos, tocaron a la puerta del lavabo. Extrañado (en teoría estaban solos), abrió la puerta, y apareció Tamara, que se le abalanzó y comenzó a besarlo de manera acalorada. Mi amigo no se lo esperaba, pero lo deseaba. Él es bastante tímido y no veía el momento de intentar lo que ella le estaba regalando.
Empezó entonces un aluvión de besos y caricias allí mismo, en ese baño que hacía un rato habían estado limpiando y en el que habían tenido algún que otro ligero roce cómplice. Ahora nada era ligero, todo pasional.
Tamara fue empujando a Julio con sus besos y agarrando su cabeza hasta una de las paredes del baño. Él bajó las manos a la vez en una gran caricia desde los hombros hasta la parte superior de los muslos para después elevarla y acercarla a su cuerpo todo lo posible.
Estaban desatados. Julio le dio la vuelta colocando la cremallera de su pantalón y todo lo que esta guardaba en su interior justo en el centro de la parte de atrás de los pantalones de ella, que lo notaba todo y se calentaba aún más.
Fue en ese momento cuando Julio metió su mano por dentro de los pantalones de Tamara, sintiendo su piel en la palma de la mano hasta que llegó al centro de sus piernas y notó como ella estaba completamente entregada a él y que sus dedos, suavemente podían campar a sus anchas. La otra mano, siguió el camino opuesto por dentro de su camiseta y debajo del sujetador acariciando su pecho suavemente pero decidido y besando su cuello. Ella pasó su mano hacia atrás, desabrochó el botón del pantalón y metió su mano hasta que tuvo entre sus dedos a Julio.
Él se volvió loco, bajó los pantalones de Tamara, y con ayuda de esta se los quitó. La llevó a la otra pared. Donde estaba el váter. Le puso una pierna encima de la tapa, se bajó los pantalones, y, sin llegar a quitárselos, se adentró en su cuerpo. Ella no pudo evitar soltar un suspiro de placer.
Ella puso sus manos en la pared para mantenerse y poder sentir plenamente las embestidas de Julio, que estaba encendido. Poco a poco las manos de ella empezaron a resbalar hacia abajo por la superficie de los azulejos que tenía el baño. Para intentar seguir estable en la misma posición, Tamara se agarró a la cadena del váter, que era de las que colgaba. Con tal mala suerte, que al estirar fuertemente en una de la embestidas, la cisterna cedió y cayó.
El movimiento reflejo de Tamara hizo que Juliote tuviera que dar unos pasos hacia atrás. Con tan mala suerte que, al llevar los pantalones por los tobillos, cayó hacia el suelo, dando con la cabeza en el lavabo antes de tocar con las baldosas.
Ella por suerte solo se mojó. Pero el pobre Juliote acabó tirado en el suelo con una brecha en la cabeza en la que tuvieron que poner tres puntos.
Yo solo pude decirle:-¡Juliote! ¡Para una vez que pillas…!
¿Verdadero o falso?




