El otro día quedé con un amigo para tomar café.
Israel es un amigo que conocí hace ya 15 años en el gimnasio. Lo veía siempre un poco desorientado entre las pesas. Con el tiempo empezamos a saludarnos, y algo más tarde compartíamos entrenos, y confidencias. Sobre todo de mujeres.
Es una de esas personas que sabes que acabarán triunfando en la vida, por la alegría y la actitud que desborda. Llegó a mi ciudad para estudiar en la universidad desde un pueblo cercano, pero al acabar la carrera encontró trabajo de lo que había estudiado y se quedó.
Entre los veteranos del gimnasio le llamamos cariñosamente “El Canalla”, porque siempre tiene alguna canallada que contarnos del fin de semana.
Nunca perdonábamos el punto de energía que te da un café antes de entrenar un lunes, acompañado de una buena historia de dudoso triunfador del Canalla.
-Buenas tardes Canalla – le dije nada más verlo acercarse.
-Vamos para dentro que hoy vengo con energía- me decía con su sonrisa de pillo.
-A saber lo que has hecho ya- le contesté con cara de esperarme cualquier cosa.
-Tío, no te vas a creer lo que me ha pasado- explicaba mientras se reía.
-Ponme a prueba- contesté medio riéndome.
Empezó a contarme que el viernes había quedado con una amiga para cenar y ver un monologo. Él quería que pasara algo entre los dos y buscó la manera de impresionarla. No hacía mucha falta, puesto que llevaban tiempo tonteando, pero él igualmente quería hacerlo bien. Parecía que, o llegaba el invierno y lo que le apetecía era película y manta, o esta chica le gustaba de verdad.
Entre risas, miradas y jugueteos, la noche iba avanzando como querían. Carmen estaba preciosa, y el Canalla tenía que hacer esfuerzos por no quedarse embobado mirándola. Le gustaba desde que se conocieron en el gimnasio, ella hacía pilates y siempre se cruzaban. Con el tiempo, ella tuvo que dejar de ir, pero la relación entre ellos continuó porque se veían por la calle.
Llegó el momento de volver a casa y Carmen, bajo el pretexto de hacer la última copa, no dudó en subir a casa de mi amigo. Se tenían ganas, pero aún no se habían dado el primer beso.
Una vez en el piso, Israel se encargó de crear la atmósfera que necesitaban para desinhibirse del todo y dar el paso definitivo que los dos deseaban. La luz tenue de la lámpara alógena, música de ambiente y una copa.
Y vaya si lo dieron. Después del vino de la cena y las cervezas viendo el monologo, esa última copa no llegó a la mitad.
Una broma tonta que acabó en un abrazo de esos que duran más de la cuenta, hizo que simplemente tuvieran que girar un poco sus cabezas para acabar con los labios uniéndose en un beso.
Comenzó entonces una especie de baile en el sofá. Primero los besos iban acercando cada vez más sus cuerpos, y cuando sin querer acabaron cayendo recostados, sus manos fueron las que empezaron a recorrer sus cuerpos encendidos.
Poco a poco la ropa fue desapareciendo, aunque fue ya en la habitación donde quedaron completamente desnudos. Si ya le encantaba vestida, ahora le fascinaba.
Seguían besándose y recorriéndose a caricias. Y entonces el Canalla decidió tirar de nombre y erizó la piel de la chica, empezando a bajar poco a poco acariciándola con sus labios, desde detrás de su oreja derecha de, pasando por su clavícula, deteniéndose en su pecho por un instante, siguiendo por el lado de su ombligo, su ingle, llegando por el interior de muslo izquierdo hasta la rodilla.
Despacio, volvió a retroceder por la pierna de su amante hasta encontrarse justo en medio de las piernas de ella. Los besos cayeron entonces donde Carmen estaba deseando que él tocara desde que comenzó la andadura por su cuerpo.
Esos besos dieron paso a la lengua de mi amigo jugueteando sin parar, mientras la chica se retorcía en una especie de baile de placer. Israel poco a poco iba acelerando el ritmo de sus movimientos, hasta que ella hizo sus últimos aspavientos orgásmicos.
Tras unos segundos de respiro, nuestra protagonista se sentó para coger la cara de mi amigo por los costados de las mandíbulas y besarlo. La noche era perfecta y lo que Israel le acababa de hacer la había llevado a otro nivel.
Fue entonces cuando tiró de sus manos para acostarle sobre ella, y acto seguido, asegurándose de que el Canalla estaba preparado con su mano, le introdujo completamente en su cuerpo.
La chica abrió las piernas todo lo que pudo para que él pudiera moverse a su antojo. Israel empezó a mover las caderas completamente pegado a ella para conseguir que lo sintiera, no solo cuando entraba y salía, sino también donde antes había estado paseando su lengua. Conforme iba avanzando el tiempo, sus movimientos se aceleraban, al igual que sus respiraciones. Se estaban volviendo locos.
En un momento dado, la amante, cambió de posición. Se colocó boca abajo con las manos, las rodillas y las tibias apoyadas en el colchón. Esta vez no hizo falta la mano para ayudar a mi amigo a entrar en ella. Con lo excitada que estaba, fue muy sencillo.
No hacía falta andarse con rodeos, el ritmo empezó fuerte de primeras, al igual que su respiración acelerada.
En un impulso, el chico recogió el pelo de su amada y lo agarró como si fuera un manojo. Por sus gemidos, se veía que a ella le gustaba.
El final se acercaba, y a Israel se le escapó un gemido un poco más alto que el resto. Inmediatamente, Carmen hizo una especie de grito mezclado con un suspiro de placer que recordaba la letra “u” muy aguda, un sonido muy peculiar y rápidamente se echó la mano a la oreja izquierda.
En un primer momento, mi amigo quedó extrañado, pero estaba completamente inmerso en el placer que sentía, así que no le dio importancia y continuó a lo suyo.
Un nuevo tirón de pelo, acompañado de otro gemido, hizo salir nuevamente de la boca de la Carmen ese sonido agudo que parecía una “u” prolongada y su mano volvía rápidamente a su oreja. Otra vez mi amigo volvió a quedar extrañado, pero no paró.
Un tercer tirón debido al aspaviento de placer de uno de los movimientos de cadera de los amantes, ocasionó un nuevo sonido agudo de la chica. Parecía que iba a ser así hasta el final.
Esto pasó un par de veces más, hasta que, con el orgasmo, el Canalla hizo el gemido más grande y largo de todos los que había hecho aquella noche. Al que ella contesto con el sonido en “u” más alto, más agudo y más largo de toda la noche también.
Israel pensó que ese sonido era el que ella hacía al tener sus orgasmos. La sorpresa se la llevó cuando al tumbarse para respirar un poco, descubrió que lo que ella tocaba cada vez que llevaba su mano a la oreja era un audífono.
Resulta que con cada tirón de pelo por los latigazos de placer que a veces daba mi amigo con la cadera, subía el volumen del audífono al máximo por el roce con el moño improvisado. Entonces cuando el chico hacía uno de sus gemidos, ella lo escuchaba a un volumen diez veces superior a lo normal. Por eso hacía el aullido que hacía.
Ella se llevaba la mano a la oreja para bajar el sonido del audífono, pero cada nuevo tirón, volvía a girar la rueda que controlaba la intensidad. Por lo que el nuevo gemido generaba un nuevo chillido.
Así que lo que para él eran ruidos orgásmicos, para ella eran aullidos de molestia en el oído. Lo bueno es que cuando ella le explicó a él lo que pasaba, la anécdota desencadenó las risas de los amantes, que acabaron abrazados y dándose un beso, más suave que los anteriores.
La próxima vez, el Canalla tendría más cuidado.
¿Verdadero o Falso?




